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- ...y, al final, todos murieron o enloquecieron.
(La chiquillería aplaude con entusiasmo)
- ¡Cuéntanos otra, tita Momoko!
- ¡Si, cuéntanos otra!
- No, no, venga... Que ya es tarde. A dormir todo el mundo.
- Joooooooo... venga, tita, cuéntanos otra.
- Sí, otra más; sólo otra más, va, otra más y ya.
- Bf... Bueno, vale. Pero una más y al futón, ¿eh?
(La chiquillería vuelve, entre risas, a aplaudir)
- A ver... ¿Cuál queréis? ¿Las Tres Avispitas? ¿Avispanieves y los Siete Zanganitos? ¿La Avispita Durm...?
- Nooooooo...
- No, no, no, cuéntanos historias de los titos.
- ¡Sí, cuéntanos de los titos!
- Vale, vale, vale... ¡Chssssst! ¡Bajad la voz, que la abuela está durmiendo!
(Momoko termina la bola de arroz, se aclara la voz)
- A ver... Acercaos más. Aaaaasí.
(Un breve eructo)
- Perdón. Bueno, eeeeeeeh... ¿Queréis la del tito Okada?
(Los tres a coro) - ¡Sisisisisisisisisí!
- ¡Chsssssssst! Callados.
Quien no conociese al tito Okada y lo tratase por vez primera hubiera dicho que era un manso. Pareciera que tuviese sopa miso en las venas. Fu Leng, a la cabeza de las hordas del Averno, podría haber estado cargando directo hacia él, que habrían pasado varios minutos hasta verle reaccionar, arqueando una ceja y exhalando un leve resoplido.
Era manso. Era calmo para todo. Era calmo hasta el infinito de lo irritante. "En mi vida anterior debí de mearle al Emperador en la cara para que me haya tocado el karma de lidiar con este cebollón"; "no estoy casada con un hombre, estoy casada con un tocón de árbol"; "a éste, cuando se muera, no hará falta quemarlo, porque si su cadáver es igual de manso, no lo levantan ni cuarenta maho-tsukai". La tita Ayanami... Los cabreos que se cogía con el tito Okada... y lo que daría ahora por verlo de nuevo en su veranda mirando a las musarañas.
Pero el tito Okada tenía otro papel que jugar. Y he aquí: cuando las legiones Escorpión violaron nuestras fronteras del oeste, con el contingente que marchó a interceptarlas estaba él. Aquel día, sólo gestos adustos y caras largas eran el retrato de la Avispa. A medida que se hacía camino, entre las tropas hirvió la sensación de que la batalla a la cual se dirigían iba a ser el fin del clan; que la vida de la Avispa sería tan breve como la del animal del que tomaba su nombre, y que sus alas dejarían de batir en aquella llanura.
Ni se esperaba ni se pidió cuartel cuando la Dama Sol despertó y bañó en luz el filo de las espadas: estábamos metidos en harina y el panadero crujía sus dedos. El Escorpión, aparte de contar con la ventaja del número, en combate cerrado marcaría la diferencia. Desde el principio, intentamos plantearlo como un combate de desgaste: disparar y correr, permanecer en constante movimiento. El tito Okada fue de las primeras bajas, y ni siquiera por el arma de un enemigo: un mal paso de su caballo sobre una roca puntiaguda le pilló por sorpresa, cayendo con tan mala fortuna que su pierna izquierda se quebró por dos sitios. Cuando fueron a retirarlo del campo de batalla, lo encontraron como cualquiera esperaría encontrarlo: apoyado en la misma roca, mirando embobado los huesos que asomaban por la herida. Parecía tranquilo, pero en su interior bullía la rabia de quien abandona la lucha sin haber disparado un solo dardo.
Pero, si el tito Okada era de los nuestros, no podía ser así de inconsecuente. No. El tito Okada no iba a sentarse a esperar que la batalla se decidiese sin su intervención. ¡Los kami lo saben! Los kami nos conocen bien, y saben que, si nos presentan la ocasión, haremos cualquier cosa salvo pensar. Y ahí estaba el tito Okada: tendido, expectante, sin prestar atención al cirujano que intentaba rescatarle la pierna ni, en apariencia, a nada que ocurriese a su alrededor. En un instante, anticipando el absurdo, vio cabalgar raudo a un portaestandartes Escorpión, en la inconfundible dirección que llevaba al puesto de mando de su general. De un vistazo, evaluó las posibilidades; imposible alcanzar a nadie a esa distancia entre toda la masa humana que se interponía, ni para una Avispa. El dilema exigía una solución menos convencional.
El tito Okada conservaba aún sin usar una flecha atada a una cuerda trenzada de seda. Si en la ruta de la caballería enemiga hay donde atar la cuerda, por un lado, y donde clavar la flecha, por otro, se puede usar para colocar una trampa sencilla. Así que agarró el arco, agarró la flecha...
...y atravesó el costillar del jinete como si su armadura estuviese hecha de piel de sardina.
Imaginaos el cuadro: un caballo al galope, un pobre diablo sobre su grupa, perforado su pecho de parte a parte por una flecha que tenía atada una cuerda. Y asido con todas las fuerzas que le quedaban, al otro extremo de ella, el tito Okada, dejando un rastro de piezas de armadura desprendidas a su paso.
El animal, desbocado y sin control, irrumpe como una avalancha en el puesto de mando Escorpión, mas no causa en la guardia ni la mitad de la estupefacción que contemplar la figura polvorienta y enrojecida de un individuo siendo arrastrado tras los cuartos traseros de la despavorida montura. El primero de los soldados no llegó a proferir grito de alarma alguno, pues un certero virote hizo enmudecer su boca abierta. Y estoy segura de que lo último que le pasó por la cabeza, aparte de la flecha, fue la duda sobre si aquella visión era real o producto de una febril indigestión de albóndigas de pulpo. Apenas un instante más tarde, una segunda víctima recibía el regalo de un segundo ombligo, y una tercera iba a recordar aquel momento todos los días durante los meses venideros; el dolor de una rodilla hecha trizas suele tener ese efecto.
Aún sin creerse del todo lo que estaba sucediendo, el puesto de mando Escorpión atisbó en las proximidades una avanzadilla Suzume abriéndose paso hacia su posición a toda velocidad. El general decidió que ya había tenido suficientes sorpresas por el momento, y ordenó el repliegue a toda su guardia. Las fuerzas Escorpión cercanas, a la vista de ello, restaron intensidad a su avance y regresaron sobre sus pasos. El general estaba a salvo, pero los Suzume habían logrado romper las líneas enemigas por aquel flanco y forzarlas al reagrupamiento. Quedaba recoger a los heridos; entre ellos, un arquero Avispa. Nuestro tito; el tito Okada.
De no haber sido todos los huesos que se rompió, habrían sido las esquirlas de costilla repartidas por sus pulmones, o que terminó con las piernas despellejadas. El tito Okada no podía sobrevivir a su hazaña. Cuando los Suzume lo trajeron en su mortaja y nos relataron lo acontecido con ese florido verbo que les caracteriza, agachamos la frente y derramamos lágrimas, pero al encontrarse nuestras miradas... todos sonreímos a la vez.
Si la estrambótica y suicida carga del tito Okada tuvo un efecto decisivo a la hora de inclinar la victoria de nuestro lado, no se menciona en las crónicas. ¿Y qué nos importa lo que otros escriban? Si aquel día una pequeña Avispa derrotó a la cola emponzoñada del Escorpión, fue porque el tito Okada infundió el terror en aquel general por primera vez en su vida. Y no hay más que discutir. ¿Quién podría haber mantenido la entereza ante la pesadilla de aquel arquero, ensangrentado, escupiendo aguijonazos sobre una guardia de élite con la misma preocupación con la que una mula espanta las moscas con su cola? Cuando se habla de esa batalla, se cuentan muchas cosas. ¡Oh, sí! Se cuenta también cómo, con la mano derecha agujereada, me lancé sobre la vanguardia enemiga sin más armamento que mi propio peso, igual que una piedra lanzada desde un tirachinas.
Pero, sobre todo, cuando se habla de esa batalla, se recuerda cómo el tito Okada la ganó. Se recuerda cómo, si estamos hoy aquí bebiendo shochu a su salud, es gracias a él.


EL TIROTEO
Los cuatro ronin vivieron ocultos como leñadores en un cerro no muy lejano, en la frontera con territorio Escorpión. Hasta el día de los crímenes, nadie supo más de ellos, ni si todo fue repentino o pasaron todos esos años esperando una guardia baja para su revancha.
Tras despedirse de sus hermanas asegurando que 'iban a cazar tórtolas', Endo y Hanzo tomaron sus arcos y una provisión de flechas fabricadas por ellos mismos. Era el festival de Tanabata en Puerto Hurrarco cuando llegaron. Aparecieron por un callejón, y dispararon sus tres primeros virotes sobre sendas niñas de 7, 10 y 12 años, hijas de Tsuruchi Toshiro. Shika, la de 10, fue alcanzada pero logró salir con vida al hacerse la muerta. A continuación, los dos hermanos 'bakezori' caminaron con paso lento y firme, surgiendo de las esquinas y aflecheando a todo aquel cuya ascendencia Fuseya conocían, así como todo heimin a su servicio. Incluso dos arqueros de guardia fueron heridos de gravedad, al no poder disparar más rápido que los asesinos aun teniendo sus armas preparadas.
Tras la matanza, los hermanos Endo y Hanzo huyeron a la sierra. Las patrullas los hallaron nueve horas después, durmiendo. Se entregaron sin ofrecer resistencia. Tras su captura, Endo, al igual que su hermano, no mostró signo alguno de arrepentimiento. "Ahora que sufra el pueblo, como yo he sufrido todo este tiempo". Hanzo fue más allá, declarando: "si no nos hubiesen cazado, habríamos vuelto para dispararles durante el entierro de los muertos". 9 muertos y 12 heridos, algunos de ellos con secuelas irreversibles, fueron el balance de la tragedia, si bien Endo y Hanzo creían haber acabado con al menos 20 personas.
Ruriko y Hanage fueron localizadas varios días más tarde, y hechas prisioneras. Sus hermanos no declararon en su contra, y ellas aseguraron desconocer los planes para la masacre, si bien se tenía la certeza de que hubieron de ser las inductoras.
CONSECUENCIAS
Endo y Hanzo fueron condenados a una pena no desconocida en su familia: enviados a la Muralla, al igual que su hermano mayor, dada constancia de sus delitos y con mandato expreso del daimyo Tsuruchi de usarlos como carne de cañón hasta su muerte. Ruriko y Hanage, en su condición de ronin, no disfrutaron de la honorable salida del seppuku y fueron ejecutadas como partícipes de los asesinatos, un fin no obstante más piadoso que el de los asesinos materiales.
Endo acabó sus días consumido por una enfermedad que le hacía sangrar por todos los poros de su cuerpo, a buen seguro resultado de las heridas recibidas a manos de un gaki o un bakemono. Hacía apenas tres meses de su llegada a la Muralla. En su cremación, Hanzo declaró: "hermano, te vas con la satisfacción de que tu madre fue vengada". Cinco meses más tarde, Hanzo fue hallado ahorcado en su celda, antes de volver a ser enviado como masa de avanzadilla en una misión de reconocimiento.
Ambas líneas de sangre terminaron perdiéndose. Shika, la única de los 'kameosa' que tuvo descendencia, casó con un Libélula y dejó claro que no deseaba conservar su apellido; fue una decisión consciente a fin de cerrar la página más oscura de la historia negra Tsuruchi.
CULTURA POPULAR
El suceso fue recreado en un drama noh, "El Séptimo Día", escrito y adaptado por Shosuro Sakura. El relato, aun obviando los nombres de los involucrados, fue fiel a lo acontecido, y obtuvo diversas menciones de honor, incluso en su representación para la familia imperial.
También sirvió como inspiración para una canción popular (de autores, por supuesto, anónimos), "Kyuden en Puerto Hurrarco", cuyo conocido estribillo dice así:
"Rokugan ya no es Toturi
Rokugan ya no es Hantei
Rokugan es, ahora y siempre,
tan negra como la veis."
La matanza sirve como obertura a otros relatos de los clanes, menores y mayores, de tipo similar; un testimonio de la historia negra rokuganesa, de la cual no se habla pero de la que todos sienten vergüenza.


Los 'bakezori', de izquierda a derecha: Hanzo, Jiro y Endo.
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LUGAR: Puerto Hurra Arco (comúnmente abreviado Puerto Hurrarco), tierras Tsuruchi, Rokugan.
BLANCOS: Samurai y heimin de Puerto Hurrarco.
FECHA: día 26 del Mes de la Oveja, de 1040. Hora del Jabalí.
TIPO DE ATAQUE: Tiroteo, asesinato múltiple.
ARMAS: 2 yumi del calibre 12.
MUERTOS: 9
HERIDOS: 12
PERPETRADORES:
- Tsuruchi Endo
- Tsuruchi Hanzo
SOSPECHOSOS:
- Tsuruchi Ruriko
- Tsuruchi Hanage
MOTIVO: venganza.
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La Masacre de Puerto Hurrarco fue un crimen múltiple acaecido en el pueblo del mismo nombre, ubicado en tierras Tsuruchi, al atardecer del día 26 del mes de la Oveja de 1040. Murieron 9 personas y fueron heridas otras 12.
ANTECEDENTES
Las raíces del suceso se encuentran en la enemistad manifiesta de dos casas de samurai de la familia Tsuruchi, los pertenecientes a la rama de Tsuruchi Fuseya (apodados los 'kameosa') y aquellos de la rama de Tsuruchi Hidari (conocidos como los 'bakezori'). Las rencillas se remontan al año 1028, cuando Tsuruchi Amano, de los 'kameosa', mandó arar en las lindes de una finca que ambas casas se disputaban.
Pero el detonante fue una supuesta historia de despecho. Amano y Tsuruchi Ruriko se enamoraron, mas aquél sólo la quería para unos breves escarceos, y al ser rechazada Ruriko quedó muy afectada. Su hermano Jiro, el mayor de los 'bakezori', retó en duelo a Amano, exigiendo a instancias de Ruriko que éste fuese a muerte. Amano, individuo orgulloso y con una desmesurada confianza en sus habilidades, aceptó. Jiro recibió el primer golpe, un profundo tajo en las costillas, pero su extraordinaria resistencia le permitió devolverlo a su oponente, cuya cabeza rodó por el suelo. La cabeza, todavía con una mueca de sorpresa, fue agarrada por Jiro y lanzada a los pies de su hermana Ruriko, la cual no mostró repugnancia alguna, a diferencia del resto de presentes, muchos de ellos salpicados de sangre. Ante tal muestra de salvajismo, Jiro fue objeto de un castigo ejemplarizante por parte del daimyo Tsuruchi: tres años y tres días en la Muralla del Carpintero.
Pocos meses después, la madre de los 'bakezori', Izuko, moría en un incendio en su casa, del cual fueron de inmediato sospechosos sus rivales. No hubo prueba de la autoría, y en el juicio posterior se concluyó que el incendio fue accidental. Al cumplir su condena con éxito, Jiro regresó a tierras del clan, y esa misma noche se presentó ante Tsuruchi Toshiro, uno de los de Fuseya, asestándole varias puñaladas. Durante su estancia en la Muralla, Jiro tuvo noticias de la muerte de su madre, y sólo sobrevivió al infierno para tomarse venganza.
Jiro no intentó esconderse siquiera; al ser capturado, fue enviado de nuevo a la Muralla con órdenes de no abandonarla jamás. Toshiro, a pesar de sus graves heridas, sobrevivió, pero Jiro se perdió en las Tierras Sombrías nueve días después. La vergüenza del asesino persiguió al resto de su línea de sangre, cuyos miembros fueron expulsados del clan, acusados de incitar a su hermano a cometer el fallido crimen y ocultar su vuelta a tierras Tsuruchi. Endo, Hanzo, Ruriko y Hanage se convirtieron en ronin y huyeron, perdiendose su pista y olvidando que alguna vez fueron samurais del clan.


Un yumi similar a los dos utilizados en la matanza, del calibre 12.


¿Les he contado alguna vez la historia de mi tío abuelo por parte de padre, Tsuruchi Honbu?
Mi tío abuelo era un samurai. De los de verdad. Quiero decir, que era un bravucón. Le gustaba alardear; se aseguraba de dejar claro a todo el mundo de que era el maldito mejor arquero en la historia del Imperio. No había problema que él no pudiera solucionar de un flechazo, aunque fuese a un li de distancia en una noche sin luna.
Se ganó el apodo de 'El Silenciador'. En batalla, si veía a un enemigo gritar, de inmediato le colocaba una flecha en la boca. Contaba, entre risas, que cuando la hueste enemiga lo divisaba, ordenaba a sus soldados que se comunicaran sólo por señas. No creo que fuese verdad, pero le gustaba contarlo; y a nosotros nos gustaba que nos lo contase. Era un bravucón, pero era nuestro bravucón.
A los samurais les gusta probarse, pero mi tío abuelo no conocía límites. Tenía una fértil, a la par que cruel, imaginación para idear toda clase de retos retorcidos e imposibles a los que someter su, según él, incontestable destreza en el manejo del arco. Y no sólo ponía su vida en peligro: arriesgaba la de los demás. Si alguien se negaba a tomar parte en uno de sus delirios, lo consideraba la mayor de las ofensas, puesto que implicaba una falta de confianza en sus habilidades; un desprecio hacia ellas, incluso. Nadie le contradecía durante mucho tiempo.
Una vez, obligó a mi abuelo, su hermano, a atar su pierna a medio metro de un poste, mientras encima de él pendía, también de una cuerda, un saco con cuarenta celemines de maíz. Mi tío abuelo aseguraba que era capaz de cortar la cuerda que sostenía el saco de un flechazo, y hacer lo mismo con la que tenía sujeto a mi abuelo, con tanta rapidez como para que a éste le diese tiempo de apartarse antes de que todo ese maíz le aplastara. Mi abuelo salió con bien de aquel lance, sólo habiendo de lamentar una torcedura de tobillo. Después de eso estuvo varios meses sin hablarle ni dejarle que se acercara; no quería verse de nuevo envuelto en las pesadillescas ocurrencias de su hermano.
Nuestro viejo bravucón encontró la horma de su sandalia una mañana de otoño. Soplaba un viento caprichoso y persistente. Mi tío abuelo estaba allí, de pie, en una frágil canoa que descendía a toda velocidad por un río de aguas furibundas. Ese río se cortaba en cascada más adelante. No una cascada cualquiera: una señora cascada, por la que ninguna persona en sus cabales se plantearía siquiera tirarse.
Esa era la idea de mi tío abuelo: cuando estuviese cayendo, un sirviente de casa soltaría un pichón de entre los matorrales, y él lo abatiría, derrotando al cambiante vendaval además en el proceso. No me cabe la menor duda de que se creía capaz.
Jamás pudimos comprobarlo. Mi tío abuelo no llegó a soltar su flecha: cayó a plomo en el profundo estanque de más abajo. Cuando rescataron su cuerpo ya exánime, no vieron heridas, ni apreciaron huesos rotos. Pensamos que la impresión de la caída fue demasiado para su vetusto corazón, que se detuvo como ensartado por uno de sus mortíferos proyectiles.
Aquel fue el último vuelo de la Avispa Honbu. Pero no lo recordamos con pesar. En todas las celebraciones familiares, las historias del tío Honbu tienen un lugar de honor en la sobremesa. Nos reímos una barbaridad con ellas, tal como a él le habría gustado que hiciésemos.
Mi tío abuelo era un samurai. De los de verdad.