El padre de Tsuruchi Momoko seguirá inconsciente al menos hasta el día siguiente, nos informa Asako Matsumoto. Al menos su respiración ya no es entrecortada sino rítmica y parece estar descansando. Lo mejor, nos dice el ishiken-do, será que pasemos la noche en la cabaña hasta que Tsuruchi Katsuro se despierte. Seguirá estando débil pero al menos podrá aguantar el viaje de regreso a su casa. En una inspección por los alrededores de la cabaña Kitsune Kusao da con uno de los caballos de los bandidos. Lo aprovecharemos para transportar al Tsuruchi más cómodamente en el viaje de vuelta.
Al anochecer Tsuruchi Katsuro recobra la consciencia. Febril, se queja dolorido, y habla con un hilo de voz. Le susurra algunas palabras a su hija, que no se ha separado de su lado en ningún momento. Al poco vuelve a quedarse dormido.
Organizamos turnos de guardia por si a los bandidos les diera por regresar. La noche pasa sin incidentes remarcables.
Al amanecer Asako Matsumoto vuelve a examinar al herido, despierto y consciente aunque con pocas fuerzas. Dictamina que podemos emprender el viaje pero con precaución por la debilidad del Avispa. Lo ayudamos a montar en el caballo abandonado por los bandidos y lo afianzamos con unas correas para evitar que se caiga. Una vez recogidos nuestros pocos pertrechos emprendemos el camino de vuelta.
Avanzamos despacio, por lo que tardaremos más en regresar de lo que tardamos en llegar hasta aquí, lo cual implica hacer noche al raso. A lo largo del camino Momoko le pregunta a su padre qué era lo que buscaban esos ronin, por qué le habían torturado. A lo cual el Avispa responde que no lo sabe, que los ronin no hacían más que preguntarle por la ubicación de una supuesta “mina”. Pero, según el padre de Momoko, en las tierras de la Avispa no hay ninguna clase de mina, por lo que no sabe a qué se podían referir. Intrigados, esperamos que al llegar a la casa de Momoko alguien sepa aclarárnoslo…
Pasamos la noche al raso en el bosque. Intentamos acomodar lo mejor posible a Katsuro. El shugenja nos dice que se encuentra bien pero débil. Mañana a mediodía deberíamos llegar a la casa de los Avispa, en la villa de Gokayama. En cuanto aparecemos la noticia de nuestra llegada se corre como la pólvora. La madre de Momoko sale corriendo a recibirnos, con una mezcla de preocupación y alivio por haber traído de vuelta a su marido aun en tales circunstancias. Lo trasladan lo más rápidamente posible a sus habitaciones para que descanse convenientemente. Poco podemos hacer nosotros salvo esperar… Momoko y su madre pasan largas horas junto al lecho de Tsuruchi Katsuro. A la hora de la cena nos reunimos todos y Momoko nos cuenta la resolución que ha tomado el Avispa: -Padre quiere que vayamos a hablar con Tsuruchi-dono y le contemos la incursión de esos bandidos y la búsqueda de esa supuesta mina -directa y al grano, como una flecha Avispa-. Partiremos mañana. -Por supuesto todos sin excepción asentimos. Nos vemos en la obligación de llegar hasta el final de este asunto como correspondencia a la hospitalidad mostrada hacia nosotros por parte de la Avispa. Aun así… el hecho de ir a contar personalmente un simple acto de bandidaje como éste al mismísimo daimyo Tsuruchi…
Partimos al día siguiente, preparados para las dos jornadas de viaje que separan la villa de Kyuden Ashinagabachi. El viaje transcurre sin incidentes y al anochecer del segundo día llegamos a las puertas del Kyuden, una magnífica fortaleza preparada para la guerra y los asedios, a ojos de una estratega Akodo. Y, sin embargo, digna de albergar una Corte Imperial…
Una vez allí vemos que todo el Kyuden bulle de actividad por albergar una reunión a tres bandas entre tres clanes menores: el Gorrión, la Avispa y el Zorro. Así pues, Kitsune Kusao se despide de nosotros y se dispone a reunirse con su delegación. Tsuruchi Momoko parte en busca de uno de sus tíos para explicarle nuestra misión. Una vez encontrado, en un aparte le cuenta resumidamente todo lo acaecido. Frunce el ceño en signo de preocupación al escucharla pero es cuando Momoko hace referencia a la “mina” que perseguían descubrir los bandidos cuando por un instante sus pupilas se dilatan. Al instante resuelve que se lo deben transmitir al daimyo cuanto antes. Momoko pasará la noche en el Kyuden. Para el resto de nosotros, los dos Fénix y yo misma, se ofrece a buscarnos un alojamiento en una casa de huéspedes en el pueblo cercano a la fortaleza Avispa, donde la esperaremos.
Al día siguiente, poco después de haber desayunado, se presenta en la casa de huéspedes Tsuruchi Momoko. Ya ha podido hablar con su daimyo y sus instrucciones son claras: debemos encontrar a esos bandidos y sonsacarles qué era lo que pretendían con su incursión. Debemos ser rápidos, pues, ya que han pasado varios días desde el incidente y el rastro se enfrían. También debe venir el Kitsune ya que formó parte de la expedición original, así que ya se le ha hecho llamar. Nos reuniremos todos aquí y partiremos cuanto antes. Los Tsuruchi han tenido a bien proporcionarnos monturas. Tienen prisa porque esclarezcamos este caso cuanto antes, se ve…
En total son cuatro días de viaje. A juzgar por las caras de mis compañeros no todos están acostumbrados a moverse a caballo. Las expresiones de alivio por las noches cuando descabalgamos hablan por sí solas. Finalmente llegamos de nuevo a la cabaña donde encontramos al padre de Momoko. A partir de aquí empezamos por dirigirnos en la dirección en que huyeron los bandidos. Caminamos a través del bosque hasta salir al camino, que se dirige en un extremo hacia el norte y, en el otro, hacia el sur. Hacia allí se encuentra a poca distancia la aldea de Saiga. Si esos ronin han pasado por allí a buen seguro los recordarán. Así pues nos encaminamos hacia el sur. No tardamos en llegar y buscamos a uno de sus habitantes para preguntarle. Al vernos llegar, cinco samuráis pertrechados para el combate, el heimin empieza a dar muestras de nerviosismo. Hano, al que apodan “el cojo” por una evidente lesión en una de sus piernas, se presenta. Empezamos a preguntarle por los bandidos. Balbuceante, empieza a decir cosas inconexas. Reconoce que han pasado unos bandidos al galope hace unos días. Pero es cuando empezamos a presionarle para que sea más específico cuando se derrumba y acaba confesando: Los bandidos no solo pasaron por aquí sino que intimidaron a la población y lo amenazaron hasta que consiguieron sonsacarle la ubicación de la mina. Así que sí existe una mina después de todo… Dejamos atrás al pobre heimin, muerto de miedo por haber revelado lo que a todas luces es un secreto, y nos dirigimos hacia las afueras del pueblo en la dirección que nos indica. Anochece y no conocemos el terreno así que Shiba Nabutaro piensa que sería buena idea que un heimin que se pueda mover mejor que el tal Hano nos guíe hacia la mina. Sin muchas más opciones, el primero que encontramos no puede hacer otra cosa más que obedecernos. Salimos del pueblo por el camino y en un determinado punto nos adentramos de nuevo en el bosque en un terreno que poco a poco se va elevando y volviendo más rocoso, por lo que optamos por descabalgar y recorrerlo a pie. No sabemos cuánto tiempo llevamos avanzando en la oscuridad. En un momento dado el heimin nos hace gestos y señala hacia adelante. El bosque empieza a clarear debido en parte a la proximidad de las colinas. Cuando miramos en la dirección señalada vemos una empalizada disimulada tras una serie de arbustos y rodeando una ladera de la colina. La entrada a la mina, sin duda. Despedimos al heimin, que emprende el regreso a la aldea lo más rápido que puede sin tropezar en la noche.
Avanzamos procurando no hacer ruido que pueda alertar a los bandidos, los bushi armas en mano, los shugenja en la retaguardia. Una vez en la empalizada prestamos atención. No se oye nada en absoluto. Al mirar por alguna rendija entre tablones conseguimos a duras penas atisbar gracias a Señor Onnotangu bultos tendidos en el suelo. Los trabajadores de la mina, a juzgar por las formas y los tamaños. Pero tanto silencio, tanta quietud… Damos con la puerta de la empalizada. Cerrada. Por dentro. No podía ser de otra manera. Nabutaro se ofrece para escalar la empalizada y saltar al otro lado; de ese modo podrá abrirnos la puerta desde dentro y entrar sin alertar a los bandidos. Al saltar al otro lado pisa un pequeño charco de un líquido algo más espeso que el agua… Sin tiempo que perder en corroborar lo que supone que es, nos abre la puerta con presteza. Entramos. Nuestras sospechas se confirman. Los bultos en el suelo son los cadáveres de aquéllos que guardaban la mina, provistos de armaduras y daisho. Asesinados sin duda por los bandidos. Me hierve la sangre. ¡Perros sin honor!… El pequeño recinto apenas da para mucho más. Vemos alguna que otra antorcha y algún que otro mueble, una mesa sencilla sin ninguna clase de cajones ni resquicios donde guardar o esconder nada. Continuamos avanzando evitando los fardos inertes hacia una cueva en la ladera de la montaña. La entrada a la mina, sin duda. Me adentro unos pasos. La oscuridad es total. Intento escuchar alguna clase de ruido o sonido en el interior. Algo consigo percibir pero muy lejano, rumor de movimiento, de palabras susurradas, tal vez, y poco más. Vuelvo con estas noticias a mis compañeros. Permanecemos apostados en la entrada de la cueva a la espera de que esos perros sin honor salgan. Pero pasan las horas sin que nadie aparezca y sin oír el menor sonido que proceda de la mina. Tal vez haya una salida distinta a ésta y hayan huido por allí. Tal vez nos hayan oído ellos a su vez y estén apostados esperando a que nos vayamos. Tal vez…
Llegados a este punto el Kitsune dice que tal vez pueda hacer algo al respecto. Saca uno de sus pergaminos y se concentra en su lectura. Según va recitando los kanji escritos en él vemos cómo algo empieza a moverse bajo la tierra, acercándose, llamado sin duda por el shugenja Zorro. No me acostumbro a las invocaciones de los shugenja, es algo que se me escapa… Con la última palabra pronunciada el Kitsune baja los brazos, que sostenía en alto a la altura de los ojos mientras leía el hechizo, y a la vez una pequeña criatura emerge delante suya de la tierra, mirándole con ojos ciegos y actitud curiosa. No se alcanza a ver bien el cuerpecillo de dicho ser por tratarse, a buen seguro, del espíritu de un topo y no un topo de carne y hueso. El Kitsune le da las gracias por acudir a su llamada y le pide por favor que nos ayude. Le pide que por favor se adentre en la mina y nos diga qué hay, cómo está dispuesta y, sobre todo, dónde están los bandidos que andamos persiguiendo. Inmediatamente el espíritu vuelve bajo tierra y desaparece. Esperamos lo que nos parece una eternidad antes de verlo aparecer de nuevo ante el shugenja. Le susurra unas palabras al oído y, tras recibir los agradecimientos del Kitsune, desparece de nuevo bajo tierra. Kitsune Kusao nos informa de lo que le ha dicho el espíritu invocado: Al principio de la mina hay un pasillo con la anchura suficiente como para poder avanzar de dos en dos sin problemas. Más allá el espíritu del topo le ha dicho que hay “seis más como vosotros”.
No podemos demorarlo más. Vamos a entrar. Shiba Nabutaro y yo iremos delante; el resto, tras nuestra, con las antorchas que hay disponibles. Nabutaro tiene la idea de utilizar la mesa a modo de parapeto móvil, cogiéndola ambos por cada extremo de la misma. Si la información del espíritu topo es correcta podremos avanzar por el pasillo sin problemas y al menos estaremos cubiertos en caso de que haya ataques sorpresa. Desenvainamos nuestras armas. Una vez preparados entramos...
¡Flechas! ¡Nos estaban esperando! Nabutaro y yo entramos cargando con la mesa a modo de escudo. El Kitsune detrás nuestra entona un cántico en voz baja. Uno de sus hechizos. Al poco se le une el ishiken-do. Un poco más adelante nos encontramos con una vagoneta tirada en mitad del pasillo que logramos sortear sin mayor dificultad levantando la mesa que portamos. La altura es más que suficiente pero eso hace que dejemos de estar protegidos. Desafotunadamente una flecha alcanza a Nabutaro. Ignorándo el dolor, seguimos avanzando a buen ritmo. En esta casi total oscuridad, apenas rota por las antorchas a nuestras espaldas, es fácil distinguir cualquier otro foco de luz. Delante nuestra, a bastantes metros aún, se puede distinguir tenuemente iluminado lo que parece un ensanchamiento o habitación al final del pasillo .
¡Flechas! ¡Nos estaban esperando! Nabutaro y yo entramos cargando con la mesa a modo de escudo. El Kitsune detrás nuestra entona un cántico en voz baja. Uno de sus hechizos. Al poco se le une el ishiken-do. Un poco más adelante nos encontramos con una vagoneta tirada en mitad del pasillo que logramos sortear sin mayor dificultad levantando la mesa que portamos. La altura es más que suficiente pero eso hace que dejemos de estar protegidos. Desafotunadamente una flecha alcanza a Nabutaro. Ignorándo el dolor, seguimos avanzando a buen ritmo. En esta casi total oscuridad, apenas rota por las antorchas a nuestras espaldas, es fácil distinguir cualquier otro foco de luz. Delante nuestra, a bastantes metros aún, se puede distinguir tenuemente iluminado lo que parece un ensanchamiento o habitación al final del pasillo .
Apretamos el paso. Cuando nos encontramos a distancia de lucha cuerpo a cuerpo dejamos caer la mesa para enfrentarnos ya a los bandidos. Dos con arcos, que rápidamente los sueltan para empuñar sendas katanas, justo como otros dos compañeros suyos algo más retrasados. Al fondo de la estancia de piedra un shugenja con un pergamino desenrollado en sus manos. A nuestras espaldas oímos cómo nuestros shugenjas se preparan también. Nabutaro y yo nos enzarzamos en combate cuerpo a cuerpo con los primeros bandidos que nos encontramos delante. De repente dos de ellos se encuentran con que sus pies empiezan a ser atrapados por la misma tierra que pisan, que les trepa hasta casi las rodillas. Sonrío. Eso nos dará algo de ventaja. Nabutaro descarga un primer golpe sobre uno de los bandidos pero a su vez encaja otro bastante feo. La cosa se complica. Yo también ataco a uno de los dos bandidos que tengo frente a mí. No le causo todo el daño que esperaba y a cambio he descuidado mi guardia. Su katana me impacta pero, gracias a las Fortunas, no es lo suficiente como para detenerme. De soslayo alcanzo a ver el gesto contrariado del shugenja de los bandidos. Algo en su hechizo no ha salido como esperaba. Los ronin nos siguen atacando a Nabutaro y a mí. El Shiba está teniendo serios problemas con sus contrincantes a pesar de las dificultades de uno de ellos para moverse libremente. Yo consigo golpear a mis adversarios no sin encajar a cambio varios golpes. Pierdo de vista al Shiba para concentrarme en mi propio combate. Consigo abatir a uno de ellos. Veo con el rabillo del ojo al Shiba caído junto con uno de los bandidos. No pinta bien… El otro bandido que luchaba contra Nabutaro ahora viene a por mí. Consigo girarme a tiempo de evitar un ataque por la espalda. Aun así sigo encajando golpes y empezando a sangrar por las heridas. No me detienen. Al poco consigo hacer caer al que está inmovilizado para poder concentrarme en el que queda. No tiene opción y acaba cayendo. Sin oponentes, miro al shugenja de los bandidos, que también ha sucumbido. Eran cinco. Falta uno que no está aquí. Malherida, apoyo mi espalda contra el muro de roca de la cueva. -¡Matsumoto-san! -grito-. El ishiken-do acude a la carrera ante mi imperioso requerimiento. Al llegar y ver mi estado su rostro se vuelve lívido y se apresta a echar mano de sus pergaminos de curación-. ¡No! -hago un gesto con mi cabeza en dirección a su yojimbo caído- Él lo necesita más que yo. Y esperemos que no sea tarde... -murmuro-.
A los pocos segundos también aparece el Kitsune. Ya tiene un pergamino preparado en su mano que se dispone a recitar delante mía. Cierro los ojos cuando siento los fluidos dentro de mí arder y reparar lo que estaba desgarrado y roto por el combate. No me acostumbro a las invocaciones de los shugenja… Al abrirlos me noto mucho más recuperada. Se lo agradezco profundamente, si bien hay heridas que todavía costará sanar. El ishiken-do ha hecho lo propio con Shiba Nabutaro. Ha abierto los ojos. Ha recuperado la consciencia. Gracias sean dadas a las Fortunas…


Comments (2)
Qué sangriento este combate... Me ha gustado la frase: «él lo necesita más que yo!». Muy épica.
La verdad es que lo pasamos bastante mal en ese combate, sí, jejeje. A ver cómo se resuelve la situación. Gracias por leer y comentar. ;)