Mientras rascaba la laca del Do (el peto de la armadura), Nabutaro recordaba sus días con Akodo Hanzo. 

El atardecer se había consumido hacía rato, nadie salvo el Shiba permanecía en la forja del castillo Tsuruchi. Había solicitado que le permitiesen trabajar en ella a la vuelta de la batalla. 

La batalla había sido sangrienta, las cicatrices de su cuerpo se lo recordaban cuando hacía algún movimiento más exigente de la cuenta. Tenía la armadura abollada en múltiples partes. Había combatido bien, había derrotado en justo duelo a un escorpión que trataba de aproximarse a los shugenja, y había defendido a una joven Kitsune que se había aventurado a la vanguardia del combate para lanzar un conjuro. 

Todo ello eran sin duda historias de esas que enriquecen la gloria familiar. Había luchado una batalla, su primera batalla, y había luchado bien. Pero lo que debía ser una dulce victoria no era más que simple ceniza en su paladar. En su interior, Nabutaro seguía sintiendo su deshonra, una deshonra por la que no había pagado.

Recordaba los días soleados en la colina del Hiuro junto al monje, aquel que resulto ser Akodo Hanzo, el abuelo de su ahora acompañante Matsu Naoki. Mientras arrancaba la anaranjada laca de las láminas de su armadura recordaba aquella pequeña forja, aquellas espadas forjadas para el clan del Cisne. No pudo evitar mirar con cariño su katana mientras reparaba las pequeñas mellas que había sufrido en la batalla. Una katana Kakita, de no muy buena factura pero hermosa tsuba, regalada por un samurái hoy muerto. Los pensamientos se arremolinaban a su alrededor como kamis de aire. Su abuelo siempre decía que los kamis de aire danzaban alrededor de pequeño Nabutaro-chan. 

Mientras retiraba la seda y la lana decorados de colores amarillo y naranja de la saya de su nagakami, no podía de nuevo sino sentir un profundo pesar. Las armas tienen alma. La katana era el regalo de un samurái grulla, el nagakami lo había forjado con Akodo Hanzo, el monje que le ayudo a superar su deshonor y a quién tuvo que quitar la vida en duelo. Dos armas con alma. Y mientras les iba quitando toda decoración del clan Fénix, no podía sino pensar si no estaba entristeciendo con sus actos los kami de dichas armas. 

Poco podía hacerse al respecto, la decisión estaba tomada. Pronto la armadura y las armas estuvieron lacados de negro, un color neutro, sin clan, para un hombre sin clan. Un color oscuro, para un hombre entre sombras. No era digno del mon del Fenix, no era digno del nombre de Shiba, no lo mancillaría más. Sabía que esa decisión podía llevarle al Sepukku, pero no era digno si quiera de ese honor. Muchos se equivocan, el Honor no es un mon en un kimono, el Bushido no es un juego de sinceridad más. Somos lo que somos y tenemos un destino que no podemos torcer. Ahora, Nabutaro veía claro lo que solo había sido una bruma en mente. Se había arrastrado por el fango, se había deshonrado como los perros, había sido derrotado por enemigos sin mon. Pero en su miseria también había conocido al anciano monje Akodo que le había enseñado los secretos del Tao y a esperar con mente abierta su destino, había encontrado un variopinto grupo de jóvenes samurais valerosos, tenía la oportunidad de cumplir como yojimbo para un Isiken-do. Shiba dedicó la vida al conocimiento, también hay conocimiento en las miserias del hombre, un conocimiento que solo puede alcanzarse viviendo sus tragedias.

Terminó en la forja bien entrada la noche, tomo sus pertenencias y subió a su dormitorio. Al día siguiente partirían, sería un día nuevo, comenzaba un nuevo camino, un camino duro, de miseria, de desdicha, de escasez, de indigencia... pero también un camino liberado, liberado de vendas en los ojos que impiden ver, un camino de sabiduría, de honor, de bushido. Nace a una vida nueva... 

Nace un Ronin.


Comments (1)

On 13 de marzo de 2017 a las 5:11 , Shosuro Mariko dijo...

¡Maravillosa entrada, como de costumbre! :)